miércoles, 24 de noviembre de 2010

José Mercé

Hace ya algunos años. Habíamos organizado un curso de Flamenco para profesores y ese día cantaba José Mercé. Llegó acompañado de Moraíto Chico y nos fuimos a almorzar. El sitio elegido por mí, cómo no, en Triana y solamente cuatro comensales. Ocasión única de conocer de cerca y en profundidad a José y de oír los comentarios curiosos y las apostillas de Moraíto. Pasaron rápidas dos horas, quizá más. Las historias, las opiniones, las ideas, se pusieron sobre la mesa de una forma natural. Conocimos más al hombre y así confirmamos que, no solamente es un artista extraordinario, sino una persona a la que merece la pena acercarse hasta el fondo. De paso os diré que, en este blog, solamente hablaré de aquellos artistas que me gustan, que me conmueven, que me importan, que me interesan, de los demás, solamente el silencio respetuoso, porque ¿quién soy yo para criticar a nadie?
Como os decía, el almuerzo pasó rápido y llegó el momento de ir hasta la sede del curso, nada menos que el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Mairena del Aljarafe. Su Alcalde de entonces, Antonio Martínez, nos lo había cedido porque el aforo de todos los demás espacios de Mairena se quedaba pequeño ante la gran cantidad de gente, inscritos o no, que iban a escuchar a los maestros del cante y la palabra. El salón estaba abarrotado. El conferenciante (perdonadme, no recuerdo ahora de quién se trataba) explicó su ponencia. Tras eso, comenzó el cante. Los despachos aledaños al Salón de Plenos se quedaron en silencio: pararon los teléfonos, las puertas, los ordenadores... Silencio absoluto. Mercé cantó como sabe, mejor todavía. Los rostros de los asistentes reflejaban la comunión absoluta con su cante. Entre aquella gente estaban los maestros y profesores a quiénes el curso iba dirigido, pero también había otras personas que llegaban atraídos por el interés de lo que allí se oficiaba: el pintor Ignacio Tovar, aficionado al flamenco desde aquellos años; algunos artistas, como Manolo Calero o Marcelo Sousa, invariables asistentes; Luis Caballero, que andaba cerca de casa y no se perdía una; muchísimos viejos de Mairena, antiguos aficionados, gente de conocimiento, que se anclaban en su silla y posaban la mirada, ya cansada y turbia, sobre los artistas y sus cantes.
Qué actuación tuvo Mercé. Qué generosidad la suya. Ofreció un larguísimo recital. Tenía prisa, pero no se le notaba. Estaba grabando entonces un disco en Madrid y fue y vino en el AVE solamente para actuar en nuestro curso. No quiso hablar de dinero. Dejó a las profesoras boquiabiertas porque venía con su maravilloso traje oscuro de firma, su abrigo largo y sus ojos azules, infinitamente azules.
Y su cante...qué cante. Los viejos lloraban, los concejales abarrotaban la entrada, la gente no se movía ni respiraba. Qué cante por seguiriyas para rematar la noche. Qué cante, José, qué cante...