miércoles, 24 de noviembre de 2010

Carmen Linares


En el año 1993, desde enero a mayo, aproximadamente, realicé como ponente el circuito cultural del Monte (hoy integrado en Cajasol) que se llamaba "Conocer el flamenco". Como era costumbre, había dos programaciones que se alternaban en las peñas y en otros lugares llevando una conferencia, acompañada de cante. En una de esas programaciones figuraba el tema "Cantes de Levante" con el cante de Carmen Linares, el acompañamiento a la guitarra de Paco Cortés y yo misma como conferenciante. Creo recordar que fueron diez o doce actuaciones, aunque no tengo ahora mismo claro ese número. Manolo Herrera, que coordinaba el ciclo, como ahora hace con los "Jueves Flamencos" tuvo el detalle de invitarme a participar y ésta ha sido una de las experiencias más interesantes y especiales de mi quehacer flamenco.

Como no todo fueron días de rosas, comenzaré relatando la "espina" en forma de crítica del, valga la redundancia, crítico de flamenco de El Correo de Andalucía, que para fundamentar su postura contraria a mi presencia en ese ciclo argumentó que yo "todo lo había aprendido en los libros". No entraré en más comentarios al respecto, salvo dejar constancia de ello y asegurar que, efectivamente, en su caso nadie puede achacarle que haya aprendido en los libros.

Por lo demás, el ciclo transcurrió pleno de anécdotas y buenos momentos. No voy a descubrir aquí a Carmen Linares pero, en el año 1993 era mucho menos conocida en la provincia de Sevilla que ahora, que es una megaestrella. Había ganado el premio ÍCaro y yo lo había reseñado en un artículo en "Sevilla Flamenca", mi revista de entonces, que codirigían el propio Manolo Herrera y Emilio Jiménez Díaz. Además, yo la había conocido, creo que en 1989 en Priego de Córdoba, donde actuó en un festival veraniego y le había hecho una entrevista que se publicó en la misma revista.

De Carmen Linares se ha ponderado su importancia como artista. No he visto a una persona más estudiosa del cante, más dispuesta a aprender y a incorporar cosas a su repertorio, más profesional y más entregada a su oficio de cantaora. Pero, además de eso, su personalidad te conquista y te hace sentir bien con su manera de relacionarse con la gente, cálida y sin impostura. Los momentos que pasé con Carmen en esa minigira que supuso el ciclo de El Monte son para mí inolvidables. Además, hice esas conferencias embarazada, al principio notándose menos y, al final, esplendorosamente embarazada. Así que fue Carmen Linares la persona que hizo el primer regalo a mi hijo, mejor dicho, los primeros regalos, porque fueron dos: un enorme oso rosa fucsia y una casita con música. Ambos regalos los guardamos con gran cariño.

En el repertorio de Carmen figuraban en ese circuito todas las modalidades y estilos de Levante, que ella conoce a la perfección, además de algunas malagueñas, que bordaba. Aunque la oí cantar ese mismo repertorio durante todos los días que duró aquello, con alguna variante pequeña, nunca me cansaba de escucharla y lo mismo puedo decir del acompañamiento de Paco Cortés, con unas maravillosas falsetas de la escuela granaína de guitarra que arrancaban muchísimos aplausos del público. En las peñas donde íbamos ocurrió de todo. En algunas, hechos muy curiosos, como el caso de Arahal donde nos invitaron a cenar pollo asado de esos que dan vueltas en un hierrecito y donde hubo que esperar a que acabara un partido de fútbol que había ese día para poder comenzar la actuación. O en Dos Hermanas, en la Peña Juan Talega, en la que dijeron a Carmen antes de empezar que si se portaba bien a lo mejor la contrataban ese verano para el festival. Ya os digo que el conocimiento que tenía la gente de Carmen Linares era escaso en ese tiempo. Siempre me he preguntado si ella fue consciente de que, a través de este circuito que ideó Manolo Herrera con un tema arriesgado como el Cante de Levante, su popularidad avanzó considerablemente en esta zona de Andalucía.

Fueron tardes y noches maravillosas en las que escuchar a Carmen o a Paco, oír los comentarios atinados de Miguel Espín y compartir las opiniones, las anécdotas, las preguntas, de los aficionados que acudían a oírnos (supongo que a escuchar a Carmen, porque la conferencia siempre es secundaria para los públicos flamencos), me llenó de satisfacción y aprendí muchísimo, además de forma directa, tan directa que, después de eso, ningún crítico podía echarme en cara que "todo lo había aprendido en los libros". Aunque el verano anterior, en 1992, había sido Jurado en La Unión y aquello no era ninguna broma. Pero eso es otra historia y será contada en otro lugar...